Pasan los días, pasan las semanas, pasa la vida. El mundo está revuelto, posiblemente como lo ha estado siempre, pero este es el que nos toca vivir y, por lo tanto, sin remedio nos toca gozarlo, sufrirlo, simplemente soportarlo o ignorarlo hasta donde nos sea posible. No defiendo el fuga mundi de los antiguos, sólo constato que, en medio de esta vorágine social e informativa, es posible dedicarle un rato a los libros, tanto si los escribimos como si los leemos. En mi opinión, mejor leerlos. La lectura nos da más satisfacciones que la escritura, que la mayoría de las veces es fatigosa y poco gratificante en su fase de proceso. Es más clara la vocación de lector que la de escritor, y, de hecho, la primera siempre precede a la segunda. Si se es sensato, no se probará con la segunda. Pero menos mal que la historia está llena de insensatos a los que da gusto leer.
Comenzaré con Jane Austen. Estoy leyendo sistemáticamente su obra. Es asombroso que una persona que murió con 41 años escribiera unas novelas tan geniales y únicas. A Jane Austen la leyó la familia y cuatro más, lo cual corrobora la idea de que una cosa es escribir y otra distinta publicar y difundir. Jane Austen vivió y escribió en el mundo rural de la Inglaterra de finales del XVIII y principios del XIX, cuando Napoleón Bonaparte campaba a sus anchas por Europa. Sus novelas son magistrales y reflejan la realidad del entorno más cercano a Jane (el de la gente con recursos económicos), principalmente la vida de las mujeres y los procesos amorosos (ligoteos) que acababan o no en matrimonio, en los que el dinero y la posición social eran factores muy determinantes. Por supuesto, las novelas están escritas desde la perspectiva de las mujeres, puesto que la autora es una mujer. Hace tiempo leí Emma, por recomendación de Harold Bloom, pues la incluía en su canon como una escritora imprescindible, junto a Cervantes, Shakespeare o Dante (El canon occidental...). La novela me encantó.
He vuelto recientemente a Jane Austen porque después del verano vi la serie televisiva Señorita Austen, dedicada a su hermana Casandra Austen y a las cartas que tenía de su hermana Jane (4 capítulos). La actriz que interpreta el papel de Jane, Patsy Ferran, me recordó a una alumna encantadora que tuve hace años, con misma chispa del personaje de la serie, y eso y el hecho de que desde que leí Emma tenía el compromiso que volver a la Austen me han empujado a leer las siete novelas que escribió en orden cronológico. Hasta el momento he leído cinco, siempre con avidez: Sentido y sensibilidad (1811); Orgullo y prejuicio (1813); Mansfield Park (1814); Emma (1816), que he releído, sinceramente no me acordaba de nada; y La Abadía de Northanger (1818, póstuma). Tengo pendientes las dos últimas: Persuasión (1818, póstuma) y Lady Susan (1871, póstuma). Jane Austen consigue atornillar de tal manera al lector al texto que es muy difícil renunciar a leer la página siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Puedo pecar de torpe, o sin paliativos peco de torpe, pero, aunque no es difícil adivinar el desenlace final, nunca adivino por dónde va a tirar la autora y cómo va a llegar a él, de manera que me tiene permanentemente en ascuas y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para abandonar la novela hasta el día siguiente.
La serie televisiva los Bridgerton, a la que dediqué una entrada en diciembre de 2024, le debe muchísimo a nuestra Jane Austen, no cabe duda. Por fin, ha llegado a las pantallas la última temporada, que es el cuento de Cenicienta con "guante" en vez de "zapato". De los ocho capítulos de que consta, sólo están disponibles los cuatro primeros, y, sinceramente, ¡no vemos el momento de que aparezcan los siguientes cuatro! Mi hija Teresa y yo estamos enganchados a la Austen y a los Bridgerton y tenemos una enorme ansiedad por saber cómo continúa la historia. Habrá que esperar, no nos queda otra.
Después de lo dicho, mi humilde recomendación, querido lector, es que leas a Jane Austen y no tengas miedo de engancharte a los Bridgerton.
Entre novela y novela de la Austen, he metido otras cosas, por aquello de no darme un atracón del mismo plato y poder saborear lo bueno con algo de sosiego. He descubierto a la joven escritora ecuatoriana Mónica Ojeda (37 años). Vi la entrevista que le hizo Henar Álvarez en el programa Al cielo con ella (02/11/2025). Me pareció una persona brillante, inteligente y muy interesante, y, por su modo de hablar, consideré que debía leer algo de ella. No me ha defraudado. Acabo de leer Nefando, una novela valiente y dura, que se mete sin miedo en la Deep Web y en los recovecos más profundos de la miseria humana. Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido su modo de escribir: Mónica desarrolla una prosa de altísima calidad. Me ha impresionado de verdad. Con esa técnica y esa sensibilidad, puede escribir lo que le dé la gana. Ahora estoy con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol. Mantiene el nivel. Me recuerda el dominio de la lengua castellana de Miguel Ángel Asturias en Hombres de maíz. ¡Qué gente tan genial hay por el mundo! ¿Recomendable la Ojeda? Por supuesto.
Pasemos a libros sobre romanos. Siempre me he preguntado cómo en el periodo que llamamos el final del imperio romano de Occidente (en torno al siglo IV d. C.), sujetos que vivieron en una columna (estilitas) o en cuevas en mitad del monte, sin apenas comer y beber y, por supuesto, castos pudieron ser un referente moral para varias generaciones. ¿Cómo de herida o enferma estaba aquella sociedad para que una conducta patológica de desprecio y de daño al propio cuerpo se percibiera como un modelo a seguir? He estado muchos años sin encontrar una bibliografía ad hoc que me convenciera. Pero la he encontrado recientemente. Un personaje capital de la época es San Agustín de Hipona, posiblemente uno de los individuos que más han influido e influyen, para bien o para mal, en lo que somos los occidentales. Creo que ya he comentado en alguna ocasión sus Confesiones y De civitate Dei. Se ha reeditado las biografía de Peter Brown (Agustín de Hipona. Una biografía). La tengo en espera, todavía no le he metido el diente. Antes he abordado del mismo autor El mundo de la Antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma (libro imprescindible para comprender ese periodo de la historia). Y se me ha colado otro que me ha recomendado mi amigo José Manuel A. R.: La revolución romana, de Ronald Syme, otro clásico para comprender transición de la República romana a la dictadura de Octavio Augusto. Este último es un libro extenso, que exige al lector que se ponga con horario, pico, pala y subrayadores. Pero merece la pena. Ayer lo concluí y me parece otro libro indispensable para entender qué pasó en Roma y qué pasa en nuestro mundo actual. Me parece que ya he hecho méritos suficientes para leer la mencionada biografía de San Agustín de Hipona. ¡Cuánto vivió y qué listo era! Si me lo pedís (si no también, porque ¿quién me va a pedir eso?), os cuento algo del personaje y su mundo cuando la termine. Haremos el esfuerzo (verás, paciente lector, que yo me lo digo todo..., perdóname).
Pasemos a las "escrituras".
El año pasado (2025) publiqué más de la cuenta. Abrí el año con La escuela despistada, un ensayo sobre educación. Después del verano saqué La Princesa Perejil y otros cuentos, que, como bien dice el título, es un libro de cuentos (literatura infantil y juvenil). Y en Navidad salió De Oviedo a O Cádavo. Ocho etapas del Camino Primitivo de Santiago, donde narro mis andanzas en el Camino de Santiago (el título del libro es explícito) del 11 al 20 de octubre de 2025; este libro lo he escrito con premura y entusiasmo, animado por los amigos peregrinos que hice en esos días y que han sido el verdadero acicate para meter la cabeza en el folio y no sacarla hasta terminar.
Para mis costumbres, me parece demasiada literatura publicada en un año. Los libros, como el vino, el coñac o el whisky, mejoran en el cajón (una barrica de roble haría la misma función si la materia física de los libros fuera líquida). De los tres libros mencionados, literariamente sólo me gusta el de la Princesa Perejil, que recopila cuentos largos antiguos y otros cortos más recientes. A la hora de opinar sobre mí mismo soy un lector más, así que respeto todas las opiniones, desde las desfavorables a los tres libros hasta las que son indulgentes con alguno de ellos.
He empezado la escritura de Yancelis en el valle, una novela infantil y juvenil que tardará mucho en ver la luz. Me está costando y me costará, sin duda, sangre, sudor y lágrimas, como me costó en su día escribir La puerta de Luna (2019). Me he metido en un buen berenjenal. Ojalá salga lo que yo quiero que salga, pero uno hace lo que puede y batalla con sus limitaciones: en mi caso, demasiadas y muy palpables. Yancelis en el valle va a chupar cajón como nunca antes lo ha hecho un libro mío. No se debe escribir con prisa y quisiera ser fiel a este principio, la novela lo merece.
Si los hados y los cielos (nubes, rayos y huracanes) me son propicios, volveré en unas semanas a terminar lo que me dejé pendiente en octubre para llegar a Santiago de Compostela: seis etapas por tierras gallegas, más los viajes de ida y vuelta desde Leganés. Llevaré una libreta negra (ya la he comprado) para ir tomando notas. ¿Será la continuación de De Oviedo a O Cádavo? Quizás, pero esta vez iré con más calma y menos precipitación, y no me dejaré presionar, aunque las presiones sean desde el cariño. Ya veremos.
¡Ay, las otras cosillas! La semana pasada fui a ver Hamnet, película dirigida por Chloe Zhao y basada en la novela del mismo título de Maggie O'Farrel (coguionista con la directora). Se basa en el hecho histórico de la muerte de un hijo de once años de Shakespeare y su esposa Agnes. El dolor de ambos sería el origen del drama de Hamlet, quizás la mejor obra teatral de Shakespeare. La película es una obra de arte, se la mire por donde se la mire (actores, dirección, guion, luz, decorados, vestuario, música...). Al salir del cine, pensé: "Aprende, Amenábar. Nuestro Cervantes da para esto y mucho más..." (comenté en la anterior entrada del blog que El cautivo de Amenábar no me gustó nada de nada, y di mis razones). Y me dio mucha pena lo abandonados que tenemos a nuestros autores teatrales del Siglo de Oro, que fueron verdaderos genios: Lope de Vega, Calderón de la Barca, Sor Juana Inés de la Cruz, Tirso de Molina y otros. En fin, ¡qué le vamos a hacer!
Queridos lectores: como ya no tengo nada que decir sobre educación con conocimiento de causa, pues en mi actual etapa no subo una fila a diario en el colegio, estoy pensando en cambiar el nombre del blog y llamarlo Escribir para no morirse de asco, o algo parecido. Tengo que considerarlo con calma. Si hubiere cambio, os avisaré.
Hasta la próxima.
Carlos Cuadrado Gómez



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