El lunes 1 de junio de 2026 el actual papa de Roma, León XIV, que apenas lleva en el cargo un año, presentó su primera encíclica: Magnifica humanitas. Esta semana lo tenemos en España de viaje apostólico (así se denominan estos baños de multitudes), del 6 al 12 de junio.
Estos baños de multitudes bajo el sol de Madrid, Barcelona y Canarias han eclipsado la literatura que toda encíclica papal desencadena. Los comentarios en prensa, radio y televisión han ocupado multitud de páginas, artículos de fondo y tertulias. Posiblemente, dada la dinámica líquida de nuestras sociedades (Zygmunt Bauman) y el aluvión de noticias nuevas que eclipsan noticias con escasas horas de vida, se hable poco de la encíclica de aquí en adelante. No pasa nada.
Mi primer consejo es leer directamente Magnifica humanitas y a continuación o simultáneamente la Rerum novarum de León XIII, escrita en 1891, ya que la Magnifica humanitas, recién salida del horno, pretende hacerle un homenaje o ser una continuación dentro de lo que en el catolicismo se denomina Doctrina social de la Iglesia.
El asunto principal que se trata en la encíclica es la relación de las sociedades del siglo XXI con una realidad tecnológica que, sin pedir permiso, en un cortísimo período de tiempo y de modo invasivo, se ha colado en nuestras vidas y es omnipresente. La Inteligencia Artificial (IA) sería la estrella de las tecnologías digitales a día de hoy. León XIV, que es el representante de una religión con muchísimos seguidores en el mundo (la religión católica), considera que algo tiene que decir al respecto, como en su día León XIII se posicionó ante el fenómeno de la revolución industrial y los movimientos obreros de clase.
No podemos negar que la encíclica expresa algunas críticas sensatas y preocupaciones que no son nuevas ni originales: se vienen expresando desde hace años en otros ámbitos no religiosos (científicos, académicos, educativos...). Las empresas tecnológicas, desde un planteamiento de capitalismo despiadado, han impuesto unos productos y unas dinámicas sociales sin reparar en las consecuencias negativas que puedan ocasionar en los individuos y las sociedades. Es muy preocupante que la regulación de estos productos no esté en manos de los parlamentos y los gobiernos de los estados, sino que venga marcada directamente por los dueños de dichas empresas.
Muchos coincidimos en que toda innovación tecnológica debe ser paralela a unas medidas sociales, principalmente en el terreno del empleo (trabajo), de manera que las clases obreras no carguen con las consecuencias de explotación laboral o paro que se originan con las innovaciones. El nobel de economía Daron Acemoglu (2024), que en ningún momento es citado en la encíclica, explica en Poder y progreso; nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad (2023) cómo esta dinámica de lucha de intereses entre las clases ricas y promotoras de los "avances tecnológicos" y las clases humildes es tan antigua como la humanidad, y cómo siempre las clases humildes, al menos en los periodos de transición, sufren las consecuencias negativas de esos "avances". Es lo que está sucediendo en el mundo que vivimos en 2026. Por supuesto, los avances más punteros siempre los vemos funcionando en las industrias de la guerra, sean los carros del Faraón o los drones de las guerras modernas. León XIV coincide con nosotros en estas apreciaciones. No nos descubre nada que no sepamos.
Evidentemente, nada es absolutamente blanco o negro. ¿Cómo no vamos a valorar positivamente las aplicaciones de la tecnología, por ejemplo, en el campo de la medicina? La realidad es una gama de grises, y negarlo sería una necedad. No obstante, la impresión general, y con razón, es de preocupación por lo que pueda pasar en un futuro inmediato, en el que la tecnología frecuentemente se asocia a la insolidaridad, la explotación, la manipulación ideológica, determinados trastornos psicológicos, la alteraciones de las relaciones sociales, etc.
Hasta aquí de acuerdo con Magnifica humanitas. Y nada que objetar en relación con su postura pacifista y contraria a cualquier conflicto bélico en el mundo, como no podría ser de otra manera y como se han manifestado cuantos papas yo recuerdo: su postura es clara y radical. Tampoco oculta que en la iglesia ha habido "injusticias y abusos", y se lo reconozco, aunque ciertamente no emplea el adjetivo "sexuales" ("abusos sexuales a menores") que es el que "raspa".
Sin embargo, de la encíclica, que en la edición que yo manejo tiene 255 páginas, podemos decir más cosas. Y a eso vamos.
León XIV ha sido, es y será un fraile agustino, y no lo disimula ni en sus gestos, ni en su estilo de vida, ni en lo que escribe. San Agustín de Hipona fue una de las figuras del final del imperio romano que más han influido en las generaciones posteriores a su muerte y que sigue influyendo hoy en día. Aunque el de Hipona se manifestó en los años posteriores a su consagración episcopal como un acérrimo contrario al maniqueísmo, del que fue prosélito en sus años jóvenes y no tan jóvenes, realmente ha sido su mejor embajador, nunca se lo sacudió de encima (posiblemente le seguía convenciendo la doctrina de Mani en lo más profundo de su ser), y nos lo ha transmitido mezclado con el neoplatonismo imperante de su tiempo (cuando leemos a Platón, no sabemos qué es del Platón discípulo de Sócrates y qué es de Plotino, figura capital del neoplatonismo del siglo III d. C.). Y, como digo, seguimos pendientes o cargando con San Agustín, y no para bien en mi humilde opinión.
De San Agustín, que fue un hombre muy inteligente y atractivo, un excelente escritor y vivió muchos años, habría que leer sus Confesiones y De civitate Dei, tal vez las dos obras de su corpus más difundidas y que forman parte del elenco de la literatura clásica de todos los tiempos. Si se quiere profundizar más en su figura y en su tiempo, es muy recomendable la obra de Peter Brown: Agustín de Hipona, una biografía.
Desde el comienzo de la encíclica el dualismo de San Agustín, incluso citando directamente De civitate Dei, está presente. La contraposición entre los pasajes bíblicos de la Torre de Babel y la reconstrucción de la muralla de Jerusalén después del destierro de Babilonia (libro de Nehemías) no me parece acertada. La realidad, como decimos, tiene muchos matices y detrás de esta selección de pasajes bíblicos hay una visión clerical, clasista e inexacta de lo que son la realidad y la condición humanas. Menos lobos Caperucita en la reconstrucción de la muralla que se relata en el libro de Nehemías: la intención principal era defensiva o bélica, no eran tan colaboradores y majetes unos con otros y se buscaba potenciar el símbolo de Jerusalén como lugar privilegiado de la presencia del Dios único, propio de la ideología de los que asumieron el poder en Israel después del exilio. Hay que leer el libro completo para comprender lo que digo. Yo hubiera abordado la hermenéutica y actualización de otras imágenes bíblicas, que las hay.
En ese dualismo de las dos ciudades que conviven en este mundo, la celestial (representada principalmente por la iglesia, o mejor dicho, por León XIV y el clero en la actualidad) y la terrenal (representada por los gobernantes de los países y la gente de a pie, especialmente la incrédula), los consejos nos vienen de la ciudad chachi, la celestial, que es la que entiende lo que pasa, detenta la autoridad moral y marca la pauta de lo que tienen que hacer "los otros". Ese dualismo se entiende muy bien viendo las películas de Harry Potter, donde conviven el mundo de los magos y el de los muggles, que no se enteran de nada. La intención de León XIV es orientarnos a los "laicos" y gentes del escalafón inferior a lidiar con la que se nos viene encima con la IA. Muchas gracias Santidad. ¿Pero, León, no es tu problema también? ¿Acaso vives por encima del bien y del mal?
La encíclica es autorreferencial: la mayoría de las citas en el texto o a pie de página son de encíclicas de papas anteriores o de autores católicos, como el omnipresente San Agustín. Ni una mención a la ética del diálogo de Habermas o a Byung Chul Han en algunos análisis sobre el uso de los datos digitales. Nada de nada.
Si alguien lee, como recomendé más arriba, la Rerum novarum de León XIII, le llamarán la atención dos cosas: la defensa a ultranza de la propiedad privada sin límites ni cortapisas (la Iglesia Católica es una institución con muchas propiedades, no lo olvidemos) y el ataque a los movimientos socialistas de lucha por los derechos laborales de los obreros. Pide a los ricos que paguen lo que es justo a sus obreros, faltaría más, pero a los obreros les pide sumisión y paciencia para soportar el rol o la clase social que les ha tocado en suerte en esta vida. Se podrá decir que en el contexto del siglo XIX esto supuso un gran avance: no lo dudo, pero León XIII defiende lo que defiende y, como no era tonto (ningún papa lo es), sabía muy bien lo que decía y a quién debía arrimarse para perpetuar los privilegios de su empresa, es decir, la Iglesia Católica.
Sin ser tan descarado, León XIV, como no puede ser de otra manera, defiende la propiedad privada (yo también la defendiendo con matices), pero tampoco pone límites. ¿Andamos finos y claros en otros asuntos como el aborto y la eutanasia y en este no? Tampoco andamos finos en la discriminación machista estructural de la mujer en la iglesia católica. Vaya, este asunto no lo toca León XIV en la encíclica, pero sí la defensa de la vida en relación con el aborto y la eutanasia. Que no digo yo que no exprese esa postura, es libre como todos, pero no viene a cuento en esta encíclica y, aun así, la mete con calzador.
Entre otras cosas, con el pretexto de la libertad, la defensa de la propiedad privada deriva, cuando toca el tema educativo, en una defensa indirecta pero clara de la educación privada, la de los curas y las monjas, que, por lo visto, son los únicos que "trabajan los valores" con claridad en las aulas. Los agustinos tienen muchos colegios privados en el mundo, sin ir más lejos el que hay en el mismísimo monasterio de El Escorial, el de Felipe II. ¿Y la escuela pública? ¿No existe? ¿A qué nos dedicamos en la escuela pública? ¿No educamos en valores? ¿No acogemos a cualquier tipo de alumnado sin atisbos de discriminación por sexo, raza, procedencia, clase social, capacidades o lo que sea? ¡Ay, qué denostado está el sector público por parte de los que tienen los altavoces de los medios de comunicación! ¡Denostado o ignorado, que no sé qué es peor! ¿No existen los servicios sociales municipales, donde sus trabajadores, la mayoría mujeres, qué casualidad, a diario se parten la pana con los más desfavorecidos de la sociedad en cuanto que personas con todos los derechos civiles por el simple hecho de ser personas? ¿Por qué no se menciona la ética del ciudadano democrático, que posiblemente es la más radical y comprometida con los derechos humanos?
¿Estamos en un momento de involución social? Posiblemente. Esta encíclica y la visita de estos días tal vez sean una prueba. Cuando veo las imágenes por televisión, me pregunto ¿dónde se ha quedado el laicismo en la sociedad española? Al menos en la puesta en escena, cuesta ver algún resto.
La expresión "Jesús de Nazaret" no se utiliza en todo el texto. ¿Por qué? ¿Uno es cristiano porque sigue a quién? ¿No es el Cristo Jesús de Nazaret, el crucificado, y no otro? La eclesiología que rezuma la encíclica es una eclesiología de clero y feligreses, no de hermanos y hermanas, empleando el lenguaje del Nuevo Testamento, que juntos siguen a Jesús de Nazaret, a quien tienen como referencia y, por supuesto, como hermano mayor. La "Teología de la Liberación" ha desaparecido del imaginario católico. Ya ni siquiera se la critica. Simplemente ha sido borrada del mapa. Y, en mi opinión, aportaba unas categorías serias de pensamiento y praxis bien estructuradas que podrían ser un instrumento eficaz a la hora de abordar el "asunto" de la encíclica. Ni de refilón se la menciona. Pues, León XIV, trataste con ella sí o sí en tus años de obispo en Perú. ¡Si Pedro Casaldáliga y tantos otros y otras levantaran la cabeza! ¡Qué gran oportunidad perdida, una vez más, en la Iglesia Católica! Así nos va.
Voy a terminar, paciente lector, porque a este paso escribo yo otra encíclica..., que con ganas me quedo.
En conclusión, leed la encíclica, es uno de los textos que hay que conocer de primera mano para estar al día de lo que pasa y se piensa en el mundo actual, y sacad vuestras propias conclusiones. Y, si lo veis oportuno, respetuosamente las compartimos y comentamos, nadie tiene la verdad absoluta sobre nada, empezando por mí mismo.
Carlos Cuadrado Gómez




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