domingo, 7 de junio de 2026

De Humanitas, IAs y encíclicas

 

DE HUMANITAS, IAs Y ENCÍCLICAS
(Simples comentarios )

El lunes 1 de junio de 2026 el actual papa de Roma, León XIV, que apenas lleva en el cargo un año, presentó su primera encíclica: Magnifica humanitas. Esta semana lo tenemos en España de viaje apostólico (así se denominan estos baños de multitudes), del 6 al 12 de junio.

Estos baños de multitudes bajo el sol de Madrid, Barcelona y Canarias han eclipsado la literatura que toda encíclica papal desencadena. Los comentarios en prensa, radio y televisión han ocupado multitud de páginas, artículos de fondo y tertulias. Posiblemente, dada la dinámica líquida de nuestras sociedades (Zygmunt Bauman) y el aluvión de noticias nuevas que eclipsan noticias con escasas horas de vida, se hable poco de la encíclica de aquí en adelante. No pasa nada.

Mi primer consejo es leer directamente Magnifica humanitas y a continuación o simultáneamente la Rerum novarum de León XIII, escrita en 1891, ya que la Magnifica humanitas, recién salida del horno, pretende hacerle un homenaje o ser una continuación dentro de lo que en el catolicismo se denomina Doctrina social de la Iglesia.

El asunto principal que se trata en la encíclica es la relación de las sociedades del siglo XXI con una realidad tecnológica que, sin pedir permiso, en un cortísimo período de tiempo y de modo invasivo, se ha colado en nuestras vidas y es omnipresente. La Inteligencia Artificial (IA) sería la estrella de las tecnologías digitales a día de hoy. León XIV, que es el representante de una religión con muchísimos seguidores en el mundo (la religión católica), considera que algo tiene que decir al respecto, como en su día León XIII se posicionó ante el fenómeno de la revolución industrial y los movimientos obreros de clase.

No podemos negar que la encíclica expresa algunas críticas sensatas y preocupaciones que no son nuevas ni originales: se vienen expresando desde hace años en otros ámbitos no religiosos (científicos, académicos, educativos...). Las empresas tecnológicas, desde un planteamiento de capitalismo despiadado, han impuesto unos productos y unas dinámicas sociales sin reparar en las consecuencias negativas que puedan ocasionar en los individuos y las sociedades. Es muy preocupante que la regulación de estos productos no esté en manos de los parlamentos y los gobiernos de los estados, sino que venga marcada directamente por los dueños de dichas empresas.

Muchos coincidimos en que toda innovación tecnológica debe ser paralela a unas medidas sociales, principalmente en el terreno del empleo (trabajo), de manera que las clases obreras no carguen con las consecuencias de explotación laboral o paro que se originan con las innovaciones. El nobel de economía Daron Acemoglu (2024), que en ningún momento es citado en la encíclica, explica en Poder y progreso; nuestra lucha milenaria por la tecnología y la prosperidad (2023) cómo esta dinámica de lucha de intereses entre las clases ricas y promotoras de los "avances tecnológicos" y las clases humildes es tan antigua como la humanidad, y cómo siempre las clases humildes, al menos en los periodos de transición, sufren las consecuencias negativas de esos "avances". Es lo que está sucediendo en el mundo que vivimos en 2026. Por supuesto, los avances más punteros siempre los vemos funcionando en las industrias de la guerra, sean los carros del Faraón o los drones de las guerras modernas. León XIV coincide con nosotros en estas apreciaciones. No nos descubre nada que no sepamos.

Evidentemente, nada es absolutamente blanco o negro. ¿Cómo no vamos a valorar positivamente las aplicaciones de la tecnología, por ejemplo, en el campo de la medicina? La realidad es una gama de grises, y negarlo sería una necedad. No obstante, la impresión general, y con razón, es de preocupación por lo que pueda pasar en un futuro inmediato, en el que la tecnología frecuentemente se asocia a la insolidaridad, la explotación, la manipulación ideológica, determinados trastornos psicológicos, la alteraciones de las relaciones sociales, etc.

Hasta aquí de acuerdo con Magnifica humanitas. Y nada que objetar en relación con su postura pacifista y contraria a cualquier conflicto bélico en el mundo, como no podría ser de otra manera y como se han manifestado cuantos papas yo recuerdo: su postura es clara y radical. Tampoco oculta que en la iglesia ha habido "injusticias y abusos", y se lo reconozco, aunque ciertamente no emplea el adjetivo "sexuales" ("abusos sexuales a menores") que es el que "raspa". 

Sin embargo, de la encíclica, que en la edición que yo manejo tiene 255 páginas, podemos decir más cosas. Y a eso vamos.

León XIV ha sido, es y será un fraile agustino, y no lo disimula ni en sus gestos, ni en su estilo de vida, ni en lo que escribe. San Agustín de Hipona fue una de las figuras del final del imperio romano que más han influido en las generaciones posteriores a su muerte y que sigue influyendo hoy en día. Aunque el de Hipona se manifestó en los años posteriores a su consagración episcopal como un acérrimo contrario al maniqueísmo, del que fue prosélito en sus años jóvenes y no tan jóvenes, realmente ha sido su mejor embajador, nunca se lo sacudió de encima (posiblemente le seguía convenciendo la doctrina de Mani en lo más profundo de su ser), y nos lo ha transmitido mezclado con el neoplatonismo imperante de su tiempo (cuando leemos a Platón, no sabemos qué es del Platón discípulo de Sócrates y qué es de Plotino, figura capital del neoplatonismo del siglo III d. C.). Y, como digo, seguimos pendientes o cargando con San Agustín, y no para bien en mi humilde opinión.

De San Agustín, que fue un hombre muy inteligente y atractivo, un excelente escritor y vivió muchos años, habría que leer sus Confesiones y De civitate Dei, tal vez las dos obras de su corpus más difundidas y que forman parte del elenco de la literatura clásica de todos los tiempos. Si se quiere profundizar más en su figura y en su tiempo, es muy recomendable la obra de Peter Brown: Agustín de Hipona, una biografía. 

Desde el comienzo de la encíclica el dualismo de San Agustín, incluso citando directamente  De civitate Dei, está presente. La contraposición entre los pasajes bíblicos de la Torre de Babel y la reconstrucción de la muralla de Jerusalén después del destierro de Babilonia (libro de Nehemías) no me parece acertada. La realidad, como decimos, tiene muchos matices y detrás de esta selección de pasajes bíblicos hay una visión clerical, clasista e inexacta de lo que son la realidad y la condición humanas. Menos lobos Caperucita en la reconstrucción de la muralla que se relata en el libro de Nehemías: la intención principal era defensiva o bélica, no eran tan colaboradores y majetes unos con otros y se buscaba potenciar el símbolo de Jerusalén como lugar privilegiado de la presencia del Dios único, propio de la ideología de los que asumieron el poder en Israel después del exilio. Hay que leer el libro completo para comprender lo que digo. Yo hubiera abordado la hermenéutica y actualización de otras imágenes bíblicas, que las hay.

En ese dualismo de las dos ciudades que conviven en este mundo, la celestial (representada principalmente por la iglesia, o mejor dicho, por León XIV y el clero en la actualidad) y la terrenal (representada por los gobernantes de los países y la gente de a pie, especialmente la incrédula), los consejos nos vienen de la ciudad chachi, la celestial, que es la que entiende lo que pasa, detenta la autoridad moral y marca la pauta de lo que tienen que hacer "los otros". Ese dualismo se entiende muy bien viendo las películas de Harry Potter, donde conviven el mundo de los magos y el de los muggles, que no se enteran de nada. La intención de León XIV es orientarnos a los "laicos" y gentes del escalafón inferior a lidiar con la que se nos viene encima con la IA. Muchas gracias Santidad. ¿Pero, León, no es tu problema también? ¿Acaso vives por encima del bien y del mal?

La encíclica es autorreferencial: la mayoría de las citas en el texto o a pie de página son de encíclicas de papas anteriores o de autores católicos, como el omnipresente San Agustín. Ni una mención a la ética del diálogo de Habermas o a Byung Chul Han en algunos análisis sobre el uso de los datos digitales. Nada de nada. 

Si alguien lee, como recomendé más arriba, la  Rerum novarum de León XIII, le llamarán la atención dos cosas: la defensa a ultranza de la propiedad privada sin límites ni cortapisas (la Iglesia Católica es una institución con muchas propiedades, no lo olvidemos) y el ataque a los movimientos socialistas de lucha por los derechos laborales de los obreros. Pide a los ricos que paguen lo que es justo a sus obreros, faltaría más, pero a los obreros les pide sumisión y paciencia para soportar el rol o la clase social que les ha tocado en suerte en esta vida. Se podrá decir que en el contexto del siglo XIX esto supuso un gran avance: no lo dudo, pero León XIII defiende lo que defiende y, como no era tonto (ningún papa lo es), sabía muy bien lo que decía y a quién debía arrimarse para perpetuar los privilegios de su empresa, es decir, la Iglesia Católica.

Sin ser tan descarado, León XIV, como no puede ser de otra manera, defiende la propiedad privada (yo también la defendiendo con matices), pero tampoco pone límites. ¿Andamos finos y claros en otros asuntos como el aborto y la eutanasia y en este no? Tampoco andamos finos en la discriminación machista estructural de la mujer en la iglesia católica. Vaya, este asunto no lo toca León XIV en la encíclica, pero sí la defensa de la vida en relación con el aborto y la eutanasia. Que no digo yo que no exprese esa postura, es libre como todos, pero no viene a cuento en esta encíclica y, aun así, la mete con calzador.

Entre otras cosas, con el pretexto de la libertad, la defensa de la propiedad privada deriva, cuando toca el tema educativo, en una defensa indirecta pero clara de la educación privada, la de los curas y las monjas, que, por lo visto, son los únicos que "trabajan los valores" con claridad en las aulas. Los agustinos tienen muchos colegios privados en el mundo, sin ir más lejos el que hay en el mismísimo monasterio de El Escorial, el de Felipe II. ¿Y la escuela pública? ¿No existe? ¿A qué nos dedicamos en la escuela pública? ¿No educamos en valores? ¿No acogemos a cualquier tipo de alumnado sin atisbos de discriminación por sexo, raza, procedencia, clase social, capacidades o lo que sea? ¡Ay, qué denostado está el sector público por parte de los que tienen los altavoces de los medios de comunicación! ¡Denostado o ignorado, que no sé qué es peor! ¿No existen los servicios sociales municipales, donde sus trabajadores, la mayoría mujeres, qué casualidad, a diario se parten la pana con los más desfavorecidos de la sociedad en cuanto que personas con todos los derechos civiles por el simple hecho de ser personas? ¿Por qué no se menciona la ética del ciudadano democrático, que posiblemente es la más radical y comprometida con los derechos humanos?

¿Estamos en un momento de involución social? Posiblemente. Esta encíclica y la visita de estos días tal vez sean una prueba. Cuando veo las imágenes por televisión, me pregunto ¿dónde se ha quedado el laicismo en la sociedad española? Al menos en la puesta en escena, cuesta ver algún resto.

La expresión "Jesús de Nazaret" no se utiliza en todo el texto. ¿Por qué? ¿Uno es cristiano porque sigue a quién? ¿No es el Cristo Jesús de Nazaret, el crucificado, y no otro? La eclesiología que rezuma la encíclica es una eclesiología de clero y feligreses, no de hermanos y hermanas, empleando el lenguaje del Nuevo Testamento, que juntos siguen a Jesús de Nazaret, a quien tienen como referencia y, por supuesto, como hermano mayor. La "Teología de la Liberación" ha desaparecido del imaginario católico. Ya ni siquiera se la critica. Simplemente ha sido borrada del mapa. Y, en mi opinión, aportaba unas categorías serias de pensamiento y praxis bien estructuradas que podrían ser un instrumento eficaz a la hora de abordar el "asunto" de la encíclica. Ni de refilón se la menciona. Pues, León XIV, trataste con ella sí o sí en tus años de obispo en Perú. ¡Si Pedro Casaldáliga y tantos otros y otras levantaran la cabeza! ¡Qué gran oportunidad perdida, una vez más, en la Iglesia Católica! Así nos va.

Voy a terminar, paciente lector, porque a este paso escribo yo otra encíclica..., que con ganas me quedo. 

En conclusión, leed la encíclica, es uno de los textos que hay que conocer de primera mano para estar al día de lo que pasa y se piensa en el mundo actual, y sacad vuestras propias conclusiones. Y, si lo veis oportuno, respetuosamente las compartimos y comentamos, nadie tiene la verdad absoluta sobre nada, empezando por mí mismo.

Carlos Cuadrado Gómez

viernes, 20 de febrero de 2026

Lecturas, escrituras y otras cosillas


LECTURAS, ESCRITURAS Y OTRAS COSILLAS
(Simples comentarios)

Pasan los días, pasan las semanas, pasa la vida. El mundo está revuelto, posiblemente como lo ha estado siempre, pero este es el que nos toca vivir y, por lo tanto, sin remedio nos toca gozarlo, sufrirlo, simplemente soportarlo o ignorarlo hasta donde nos sea posible. No defiendo el fuga mundi de los antiguos, sólo constato que, en medio de esta vorágine social e informativa, es posible dedicarle un rato a los libros, tanto si los escribimos como si los leemos. En mi opinión, mejor leerlos. La lectura nos da más satisfacciones que la escritura, que la mayoría de las veces es fatigosa y poco gratificante en su fase de proceso. Es más clara la vocación de lector que la de escritor, y, de hecho, la primera siempre precede a la segunda. Si se es sensato, no se probará con la segunda. Pero menos mal que la historia está llena de insensatos a los que da gusto leer.

Comenzaré con Jane Austen. Estoy leyendo sistemáticamente su obra. Es asombroso que una persona que murió con 41 años escribiera unas novelas tan geniales y únicas. A Jane Austen la leyó la familia y cuatro más, lo cual corrobora la idea de que una cosa es escribir y otra distinta publicar y difundir. Jane Austen vivió y escribió en el mundo rural de la Inglaterra de finales del XVIII y principios del XIX, cuando Napoleón Bonaparte campaba a sus anchas por Europa. Sus novelas son magistrales y reflejan la realidad del entorno más cercano a Jane (el de la gente con recursos económicos), principalmente la vida de las mujeres y los procesos amorosos (ligoteos) que acababan o no en matrimonio, en los que el dinero y la posición social eran factores muy determinantes. Por supuesto, las novelas están escritas desde la perspectiva de las mujeres, puesto que la autora es una mujer. Hace tiempo leí Emma, por recomendación de Harold Bloom, pues la incluía en su canon como una escritora imprescindible, junto a Cervantes, Shakespeare o Dante (El canon occidental...). La novela me encantó.

He vuelto recientemente a Jane Austen porque después del verano vi la serie televisiva Señorita Austen, dedicada a su hermana Casandra Austen y a las cartas que tenía de su hermana Jane (4 capítulos). La actriz que interpreta el papel de Jane, Patsy Ferran, me recordó a una alumna encantadora que tuve hace años, con misma chispa del personaje de la serie, y eso y el hecho de que desde que leí Emma tenía el compromiso que volver a la Austen me han empujado a leer las siete novelas que escribió en orden cronológico. Hasta el momento he leído cinco, siempre con avidez: Sentido y sensibilidad (1811); Orgullo y prejuicio (1813); Mansfield Park (1814); Emma (1816), que he releído, sinceramente no me acordaba de nada; y La Abadía de Northanger (1818, póstuma). Tengo pendientes las dos últimas: Persuasión (1818, póstuma) y Lady Susan (1871, póstuma). Jane Austen consigue atornillar de tal manera al lector al texto que es muy difícil renunciar a leer la página siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Puedo pecar de torpe, o sin paliativos peco de torpe, pero, aunque no es difícil adivinar el desenlace final, nunca adivino por dónde va a tirar la autora y cómo va a llegar a él, de manera que me tiene permanentemente en ascuas y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para abandonar la novela hasta el día siguiente. 

La serie televisiva los Bridgerton, a la que dediqué una entrada en diciembre de 2024, le debe muchísimo a nuestra Jane Austen, no cabe duda. Por fin, ha llegado a las pantallas la última temporada, que es el cuento de Cenicienta con "guante" en vez de "zapato". De los ocho capítulos de que consta, sólo están disponibles los cuatro primeros, y, sinceramente, ¡no vemos el momento de que aparezcan los siguientes cuatro! Mi hija Teresa y yo estamos enganchados a la Austen y a los Bridgerton y tenemos una enorme ansiedad por saber cómo continúa la historia. Habrá que esperar, no nos queda otra.

Después de lo dicho, mi humilde recomendación, querido lector, es que leas a Jane Austen y no tengas miedo de engancharte a los Bridgerton.

Entre novela y novela de la Austen, he metido otras cosas, por aquello de no darme un atracón del mismo plato y poder saborear lo bueno con algo de sosiego. He descubierto a la joven escritora ecuatoriana Mónica Ojeda (37 años). Vi la entrevista que le hizo Henar Álvarez en el programa Al cielo con ella (02/11/2025). Me pareció una persona brillante, inteligente y muy interesante, y, por su modo de hablar, consideré que debía leer algo de ella. No me ha defraudado. Acabo de leer Nefando, una novela valiente y dura, que se mete sin miedo en la Deep Web y en los recovecos más profundos de la miseria humana. Pero lo que más me ha llamado la atención ha sido su modo de escribir: Mónica desarrolla una prosa de altísima calidad. Me ha impresionado de verdad. Con esa técnica y esa sensibilidad, puede escribir lo que le dé la gana. Ahora estoy con Chamanes eléctricos en la fiesta del sol. Mantiene el nivel. Me recuerda el dominio de la lengua castellana de Miguel Ángel Asturias en Hombres de maíz. ¡Qué gente tan genial hay por el mundo! ¿Recomendable la Ojeda? Por supuesto.

Pasemos a libros sobre romanos. Siempre me he preguntado cómo en el periodo que llamamos el final del imperio romano de Occidente (en torno al siglo IV d. C.), sujetos que vivieron en una columna (estilitas) o en cuevas en mitad del monte, sin apenas comer y beber y, por supuesto, castos pudieron ser un referente moral para varias generaciones. ¿Cómo de herida o enferma estaba aquella sociedad para que una conducta patológica de desprecio y de daño al propio cuerpo se percibiera como un modelo a seguir? He estado muchos años sin encontrar una bibliografía ad hoc que me convenciera. Pero la he encontrado recientemente. Un personaje capital de la época es San Agustín de Hipona, posiblemente uno de los individuos que más han influido e influyen, para bien o para mal, en lo que somos los occidentales. Creo que ya he comentado en alguna ocasión sus Confesiones y De civitate Dei. Se ha reeditado las biografía de Peter Brown (Agustín de Hipona. Una biografía). La tengo en espera, todavía no le he metido el diente. Antes he abordado del mismo autor El mundo de la Antigüedad tardía. De Marco Aurelio a Mahoma (libro imprescindible para comprender ese periodo de la historia). Y se me ha colado otro que me ha recomendado mi amigo José Manuel A. R.: La revolución romana, de Ronald Syme, otro clásico para comprender transición de la República romana a la dictadura de Octavio Augusto. Este último es un libro extenso, que exige al lector que se ponga con horario, pico, pala y subrayadores. Pero merece la pena. Ayer lo concluí y me parece otro libro indispensable para entender qué pasó en Roma y qué pasa en nuestro mundo actual. Me parece que ya he hecho méritos suficientes para leer la mencionada biografía de San Agustín de Hipona. ¡Cuánto vivió y qué listo era! Si me lo pedís (si no también, porque ¿quién me va a pedir eso?), os cuento algo del personaje y su mundo cuando la termine. Haremos el esfuerzo (verás, paciente lector, que yo me lo digo todo..., perdóname).

Pasemos a las "escrituras". 

El año pasado (2025) publiqué más de la cuenta. Abrí el año con La escuela despistada, un ensayo sobre educación. Después del verano saqué La Princesa Perejil y otros cuentos, que, como bien dice el título, es un libro de cuentos (literatura infantil y juvenil). Y en Navidad salió De Oviedo a O Cádavo. Ocho etapas del Camino Primitivo de Santiago, donde narro mis andanzas en el Camino de Santiago (el título del libro es explícito) del 11 al 20 de octubre de 2025; este libro lo he escrito con premura y entusiasmo, animado por los amigos peregrinos que hice en esos días y que han sido el verdadero acicate para meter la cabeza en el folio y no sacarla hasta terminar.

Para mis costumbres, me parece demasiada literatura publicada en un año. Los libros, como el vino, el coñac o el whisky, mejoran en el cajón (una barrica de roble haría la misma función si la materia física de los libros fuera líquida). De los tres libros mencionados, literariamente sólo me gusta el de la Princesa Perejil, que recopila cuentos largos antiguos y otros cortos más recientes. A la hora de opinar sobre mí mismo soy un lector más, así que respeto todas las opiniones, desde las desfavorables a los tres libros hasta las que son indulgentes con alguno de ellos.

He empezado la escritura de Yancelis en el valle, una novela infantil y juvenil que tardará mucho en ver la luz. Me está costando y me costará, sin duda, sangre, sudor y lágrimas, como me costó en su día escribir La puerta de Luna (2019). Me he metido en un buen berenjenal. Ojalá salga lo que yo quiero que salga, pero uno hace lo que puede y batalla con sus limitaciones: en mi caso, demasiadas y muy palpables. Yancelis en el valle va a chupar cajón como nunca antes lo ha hecho un libro mío. No se debe escribir con prisa y quisiera ser fiel a este principio, la novela lo merece.

Si los hados y los cielos (nubes, rayos y huracanes) me son propicios, volveré en unas semanas a terminar lo que me dejé pendiente en octubre para llegar a Santiago de Compostela: seis etapas por tierras gallegas, más los viajes de ida y vuelta desde Leganés. Llevaré una libreta negra (ya la he comprado) para ir tomando notas. ¿Será la continuación de De Oviedo a O Cádavo? Quizás, pero esta vez iré con más calma y menos precipitación, y no me dejaré presionar, aunque las presiones sean desde el cariño. Ya veremos.

¡Ay, las otras cosillas! La semana pasada fui a ver Hamnet, película dirigida por Chloe Zhao y basada en la novela del mismo título de Maggie O'Farrel (coguionista con la directora). Se basa en el hecho histórico de la muerte de un hijo de once años de Shakespeare y su esposa Agnes. El dolor de ambos sería el origen del drama de Hamlet, quizás la mejor obra teatral de Shakespeare. La película es una obra de arte, se la mire por donde se la mire (actores, dirección, guion, luz, decorados, vestuario, música...). Al salir del cine, pensé: "Aprende, Amenábar. Nuestro Cervantes da para esto y mucho más..." (comenté en la anterior entrada del blog que El cautivo de Amenábar no me gustó nada de nada, y di mis razones). Y me dio mucha pena lo abandonados que tenemos a nuestros autores teatrales del Siglo de Oro, que fueron verdaderos genios: Lope de Vega, Calderón de la Barca, Sor Juana Inés de la Cruz, Tirso de Molina y otros. En fin, ¡qué le vamos a hacer!

Queridos lectores: como ya no tengo nada que decir sobre educación con conocimiento de causa, pues en mi actual etapa no subo una fila a diario en el colegio, estoy pensando en cambiar el nombre del blog y llamarlo Escribir para no morirse de asco, o algo parecido. Tengo que considerarlo con calma. Si hubiere cambio, os avisaré.

Hasta la próxima.

Carlos Cuadrado Gómez