CARTAS A RAMÓN
Sexta carta
30 de junio de 2021
Querido
Ramón:
Hoy sí que ha acabado el curso. Con esta
carta me despido de estas entradas epistolares hasta septiembre. La clase,
recogida; el ordenador, apagado; las ventanas, cerradas; los libros, esperando.
He salido con los deberes hechos por la puerta del colegio, donde volveré dentro de dos meses, con
alumnos nuevos, con las ganas renovadas y con una situación social creo que
parecida a la de este curso pasado —el 2020/2021 ya es el curso pasado—.
El viernes tuvimos juntos una comida y
una sobremesa extraordinarias en compañía de José Manuel. Pocos placeres son
comparables a comer y conversar con buenos amigos. Hablamos de la escuela poco, porque dedicamos
mucho rato a hablar de motorismo: tú, motero experimentado; yo, motero en
ciernes. José Manuel, que es hombre sensato y de gran corazón, estaba
preocupado por nuestra salud física, posiblemente también por la mental: montar
en moto es peligroso, sin duda, y un accidente lo puede tener cualquiera. Que
sí, que no, nos dieron las nueve de la noche. Desde las dos que empezamos a comer,
nos dio tiempo a dar un buen repaso no sólo a las motos, sino a la actualidad
en general. No obstante, las horas se me pasaron volando.
¿Qué te puedo decir de la escuela para
cerrar el año? Me surgen dos reflexiones, que en gran medida son preocupaciones.
Reflexión y preocupación forman una unidad indisoluble cuando se trata de
educación. Hoy quiero ser breve y sintético, que, “en tiempo de melones se
acortan los sermones”, como decían los antiguos predicadores de púlpito. No creo
que estuvieran reventados de trabajar doblando el lomo, pero, por lo visto,
hablar diez minutillos con más de 25º les suponía un esfuerzo ímprobo.
Permítaseme el chascarrillo anticlerical: no creo que nadie se ofenda y, tal
vez, me congracie con algún lector. Como digo, ¡brevedad!
La última ley de educación insiste en que
la escuela debe ser inclusiva y comprensiva. Mucho me temo que el hecho de que en
España haya dos redes educativas claramente diferenciadas, la pública y la
privada (la enseñanza concertada es privada, ¡pero pagada con fondos públicos!),
carga a la enseñanza pública con la mayor parte, por no decir toda, de la “inclusión”
y la “comprensión”. La creciente diferenciación social entre clases pudientes —bien
por dinero, bien por formación académica— y las clases humildes —no quiero emplear
un lenguaje políticamente correcto— se refleja en ambas redes de colegios. Que
usted quiere estudiar, a la privada; que usted quiere estudiar y no tiene
medios o usted tiene problemas, del tipo que sea, con los estudios, a la
pública. Y, dentro de la pública, se produce grosso modo una selección
similar entre colegios bilingües y colegios no bilingües. Como dice nuestro
amigo José Manuel, uno de los problemas mayores del sistema educativo español es
la gran fuerza de la escuela privada, cosa que no ocurre de modo tan exagerado
en Francia o en Italia, por mencionar a países vecinos.
La cuadratura del círculo es irrealizable.
No son posibles determinados rendimientos académicos en aulas con cinco o seis
niveles curriculares. El maestro debe atender a todos lo mejor posible, pero,
seamos realistas, llega donde llega. De modo que un alumno con buenas posibilidades
intelectuales se ve perjudicado en este contexto escolar, no porque sus
compañeros se porten mal —tengo la sensación de que mis alumnos son mejores
ciudadanos, más educados y más amables entre ellos que los de mi época escolar—,
sino porque no se le puede atender ni exigir como él necesita, con lo cual se
merman sus oportunidades de éxito académico. Hoy no hablamos de otro tipo de
alumnos, a los que tampoco atendemos en condiciones, por falta de medios humanos
y materiales —medios que deben venir de los poderes públicos— y por falta de
formación del profesorado. La escuela pública es mi pasión, lo digo sinceramente,
sin quitar ni una coma, ser maestro es de lo mejor que me ha pasado en la vida,
pero se me cae el alma a los pies cuando pienso que el éxito académico de
algunos de mis alumnos no está en mis manos y que “el vecino”, quiero decir el
colegio privado, se lo puede más o menos ofrecer, por la simple razón de que en
sus aulas hay una selección de alumnado y familias de determinada condición
social. Esa es la primera reflexión-preocupación.
Continúo con la segunda, y continúo sin
ser políticamente correcto. ¡Cuánto daño nos está haciendo la dichosa
corrección política! La generación de mis padres no eran fracasados escolares. Con
excepciones, no habían podido ir a la escuela, o muy poco, de modo que no
podían fracasar. Y, como no habían podido estudiar, valoraban el estudio como
medio potente para salir de la ignorancia y para mejorar socialmente. La institución escolar
era para ellos un lugar importante, de prestigio, de donde sus hijos, si se
esforzaban, podían salir mejor que ellos. Sin embargo, un altísimo porcentaje
de los padres de los alumnos de hoy en día sí son fracasados escolares. Han pasado
por la institución escolar con más pena que gloria —no hago un juicio moral de
estas personas, pues la mayoría es víctima de un sistema escolar pésimo, que
tiene una puerta muy grande para el fracaso—, y comprenden que su hijo “suspenda
exámenes” o “no haga los deberes” o tenga “notas de mala conducta” en la agenda
escolar. Ellos pasaron por lo mismo y han sobrevivido, se han buscado la vida
como han podido y han tenido hijos a los que, sin duda, aman. De modo, que así
es difícil conseguir un clima de trabajo continuo, de exigencia y superación; sin
la colaboración de las familias es casi una quimera. Al perro flaco todo se le
vuelven pulgas: sabio refrán.
Termino. Como decía en la anterior
carta, todo el mundo —profesores, equipos directivos, alumnos, familias— se merece
el descanso estival. Este curso, con más motivo. ¡Nos sobran los motivos para
hacer esta afirmación, bien lo sabes! Buscaremos la buena compañía de los
libros sin las preocupaciones de la clase de cada día, viajaremos, sestearemos,
y enseguida será uno de septiembre. Pero sesenta días dan para mucho si se saben
aprovechar.
Ramón, pasa un buen verano. Y queda pendiente
un desayuno antes de que se abran de nuevo las aulas.
Siempre tuyo:
Carlos Cuadrado Gómez
Gracias por esta última carta. Todas me han invitado a la reflexión; por eso te animo a seguir durante el próximo curso con tus comentarios epistolares en el blog.
ResponderEliminarAhora toca descansar, creo que con mucho merecimiento. Sé que será un descanso productivo y algo habrá para finales de verano. Lo descubriremos en un desayuno venidero, pues, rememorando al poeta, tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.
Un abrazo y feliz verano.
Hay escuela publica: de la administracion o concertada. Se pueden contrastar los datos de inclusion. No tendria problema. Habria sorpresas. Al menos en los entornos administrativos que conocia hasta 2019 que me fui de 'ete paí' que entonces decía el Guerra. En todo caso... bonita batalla la educativa. Y mucho mejor cooperando que con "guerras" interesadas en ocultar los problemas reales. Los políticos del ministerio disfrutan viendo como los sindicatos nis entretienen en esas guerras.
ResponderEliminarA pesar de haber trabajado 40 años en el colegio concertado de CEMU,doy por mías tus palabras.
ResponderEliminarEn cuanto al fracaso, la que ralmente ha fracasado es la escuela. Que para intentar enseñar cuatro cosas se necesiten, al menos, 10 años de la vida del niño y que todo ese tiempo se vaya por el desagüe porque a pocos alumnos le intersan los empachos sermoniles de sus naestros. Ese es el currículo explícito.
El que sí da sus frutos es el curriculo oculto:sumisión, obediencia, largas horas quieto, aceptar las saciines...
También hay un curriculo social que esta fuera del control de la escuela:convivir entre iguales o diferentes edades, compartir, intercambiar, confrontar... Este último, con la escusa de una pandemia, ha quedado cercenado y creo que, de los tres curriculos era este el que más inetersa al alumnado.
La escuela no hace a la sociedad, es la sociedad la que crea su escuela. La vida actual debe ser muy mediocre para haber dado una escuela tan pobre.
Por supuesto, que hay centros concertados donde la inclusión es una realidad, instituciones donde hay una línea de trabajo de claro compromiso con los más "perjudicados" de este mundo. Daniel, pienso que aunque no se le reconozca, hasta donde yo sé, Calasanz instituye, en su tiempo, lo que hoy sería la escuela pública. El compromiso de mejorar a los individuos y a la sociedad mediante la educación, en mi caso, lo he aprendido de él y de los escolapios que fueron nuestros formadores. Personalmente, esos años que pasamos juntos han sido de los más positivos de mi vida. Nunca lo he olvidado ni lo olvidaré (aunque en algunos ambientes no sea políticamente correcto lo que digo, y, sinceramente me da igual). Pero en líneas generales, en España al menos, la escuela concertada (que es privada sin duda, por mucho dinero público que se invierta en ella) sirve de vía de escape y de segregación para familias con "más medios" en todos los sentidos (económicos o culturales). No me sorprendería ninguna estadística al respecto: las excepciones existen, pero en el conjunto son sólo excepciones. Esto daría para más debate y más páginas. Estoy contigo: los problemas reales no se abordan (la última ley tampoco lo hace), y mientras nuestra escuela (toda) languidece al paso que lo hace la sociedad.
ResponderEliminarPOR FAVOR:DECIR DE INA VEZ!CUAL SON LOS PROBLEMAS REALES ,LOS CUALES NOS INQUIETAN Y YOPROFANA EN LA MATERIA.,SOY IGNORANTE.
ResponderEliminarHABLAR DE LOS PROBLEMAS REALES , ES UN DIAMANTE EN BRUTO.
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